Eileen, Hojas de Luna

Description:

Rogue.jpgNombre: Eileen, Hojas de Luna
Sexo: Femenino
Estatura: 1,75 m.
Peso: 70 kgs.
Cabello: Negro
Ojos: Oscuros
Mano: Ambidiestra
Raza: Hombres del norte
Ocupación: Asesina
Religión: Korth
Armadura: Cuero / Escudo: No
Armas visibles: 2 cimitarras/ballesta
Armas ocultas: Daga en la bota

Bio:

Nació en Portblau (provincia de Derior). Pertenecía a una familia de comerciantes, que llevaba caravanas con productos de Derior hasta Viriandar, atravesando las Llanuras Grises. Se trataba de un itinerario peligroso, pero precisamente por ello, muy lucrativo, que las caravanas cubrían por etapas, haciendo escala en los pequeños asentamientos humanos de la zona (Caridian, Ergadun y Teriador). De niña soñaba con el día en el que su padre le dejase acompañarles, porque jamás había salido de Portblau y las tierras de Viriandar se le antojaban exóticas y emocionantes.

Para su desgracia, la primera y única vez que viajó con ellos, fueron sorprendidos por una tormenta de arena, y la caravana se despistó de la ruta comercial. Perdidos y debilitados, no fueron rivales para el grupo de Elfos Grises que atacó a la caravana. Todos los adultos fueron asesinados, y los niños y adolescentes fueron hechos prisioneros.

No guarda un recuerdo claro de aquellos días, hacinada en una jaula sin apenas víveres ni agua, camino de Alartkan, para ser vendida como esclava. Sólo recuerda el calor, la sed y el rostro del jefe de los elfos, que los azuzaba y golpeaba a través de los barrotes.

En algunos momentos pensó que moriría allí, lejos de su casa y abandonada por los dioses. Pero cuando llegaron a su destino, ella fue una de los pocos que salieron por su pie de aquellas jaulas, y lo consideró una señal de que los dioses le seguían siendo propicios. Y se hizo la firme promesa de que sobreviviría y escaparía, para encontrar al jefe de la partida élfica.

Pasó 3 largos años como esclava en Alartkan, al servicio de uno de los Señores de las Dunas, que la compró a los traficantes elfos para “el foso”, una arena de combate situada en la parte rica de la ciudad, en la que se organizaban a menudo luchas y, en ocasiones especiales, sacrificios en honor al gran Kraken. La mayoría de los que son llevados al foso mueren en su primer día. Los que no, deben aprender a luchar como pueden para sobrevivir, sin importarles lo que tengan que hacer para conseguirlo. Muchos de ellos sucumbían al desanimo y al horror. Muchos de ellos no tenían un objetivo como el de ella.

Un día llegó un hombre extraño al foso. Por lo que se rumoreaba, no había llegado con los traficantes de esclavos, sino que había sido atrapado por la guardia de la ciudad. Lo llevaban maniatado y amordazado, cosa poco frecuente, dado que el método habitual para controlar a los esclavos cuando eran descargados de las jaulas, consistía en usar grilletes o simplemente en hacer restallar el látigo.

Se decía que iba a ser dado como sacrificio al Kraken durante la próxima luna llena, al anochecer de dentro de dos días. Sin embargo, no parecía asustado y miraba a los esclavos que entrenaban, estudiando cada movimiento. En varias ocasiones, lo sorprendió mirándola con aprobación.

Los guardias le tenían miedo. Podía verlo en sus ojos, Permanecían en su jaula el tiempo justo para dejarle un poco de agua, pero ni siquiera se atrevían a desatarle ni a quitarle la mordaza, por lo que a duras penas conseguía beber algo metiendo la cara dentro de la jarra.

Eileen no era una mujer piadosa, pero no era capaz de ver a alguien morir de sed. Un hombre debía morir de pie, con una espada en su mano, y no tirado en el fondo de una celda encima de sus propios orines. Tal vez por eso, en un descuido de los guardias le aflojó la mordaza y le acercó un cuenco con agua para que pudiese beber.

Mientras el hombre bebía, le dijo en voz baja: “Si me aflojas las ligaduras, escaparemos de aquí”. Cuando terminó de beber y levantó la cabeza, añadió: “Esta noche”. Arilyn miró a su alrededor, pero ninguno de los esclavos dio muestras de haber escuchado nada, por lo que asintió, le volvió a colocar la mordaza y se marchó antes de que los guardias le vieran con él.

No es que tuviera motivos para creerle, pero su instinto le decía que era cierto. Aunque no podía imaginar como pretendía salir de la celda aquel hombre, ni una vez fuera, como saldría de las dependencias de los esclavos, cerradas con llave y custodiadas por guardias. ¿Y atravesar las murallas de la ciudad? Ella había estudiado la forma de escapar durante años y había llegado a la conclusión de que debía aprovechar algún descuido de los guardias, pero que nunca escaparía luchando abiertamente con ellos. Eran demasiados y estaban fuertemente armados.

Esa noche, permaneció despierta hasta que todos los esclavos se durmieron y soltó las ligaduras del hombre extraño. Él movió las manos, susurró unas palabras incomprensible y un instante después, un fogonazo de luz azulada le cegó. Cuando la luz se apagó, estaban al otro lado de las murallas de la ciudad. “¿Eres un dios?” Él se rió. “No, sólo soy un hombre que sabe hacer algunos trucos”.

Tras un largo viaje, casi 4 años después de partir de su casa, Arilyn llegó finalmente a Viriandar y acompañó al hombre que la había salvado hasta la ciudad portuaria de Portamar.

Encaramada sobre un risco que se alza sobre las aguas del Mar Negro, la ciudad está dividida en dos zonas bien diferenciadas: por un lado está el barrio que corona el acantilado, donde viven los nobles en mansiones y edificios de piedra blanca; y por otro, el barrio portuario, un laberinto de chabolas y callejones embarrados, donde abundan las tabernas, prostíbulos y posadas de mala fama.

Su salvador vive en un discreto edificio del barrio alto, pero Arilyn ha pasado la mayor parte de los últimos 5 años en los barrios bajos, donde los contactos de este hombre en el gremio de ladrones y asesinos, se encargaron de completar su formación.

Recientemente, el hombre la hizo llamar. Le dijo que su formación estaba completa y le encargó su primera misión: debía acompañar y proteger a su hijo Content Not Found: danilo-thann-1 en la búsqueda de unos objetos muy peligrosos.

Le pareció una extraña petición. Apenas conocía al muchacho, un joven de aspecto regalado con el que se había cruzado en escasas ocasiones y al que toda la ciudad consideraba un juerguista, únicamente interesado en componer canciones y tontear con mujeres. Pero decidió confiar en su buen juicio y cumplir con su cometido. Al fin y al cabo, tenía una deuda con él, y viajar con el chico, podía proporcionarle una tapadera inmejorable para perseguir sus objetivos.

Eileen, Hojas de Luna

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